Una vez cada tantos meses
extraño viajar. Lo extraño mucho, como se extraña no a la mujer, sino el
perfume que usó la noche más feliz con ella. Me pongo a pensar qué
cosas me gustan de los viajes, y no doy con la idea. ¿El hecho de estar
en tránsito continuo? Sí, está bien, pero no es sólo eso. ¿Vivir sin
hacer nada sabiendo que de todos modos se está haciendo algo puesto que
se está en movimiento? También, pero no me satisface como la gran
explicación.
Sólo sé que no
tiene nada que ver con estar lejos (¿qué es lejos hoy —me pregunto—:
lejos de Mercedes o lejos de mi hija?). Y tampoco con admirar paisajes
ni empaparme de culturas extrañas, porque lo más lejos que estuve en mi
vida fue aquí, en esta casa barcelonesa. Hay algo más, lo sé muy bien, y
tiene que ver conmigo, no con el sitio en donde esté. Tiene que ver con
la disposición del ánimo, y la capacidad que tienen los ojos de
convertirse en órganos diferentes a los habituales, mucho más
escudriñadores y eficaces, mucho menos abúlicos y torpes que los que me
acompañan caminando ahora.
Para decirlo de algún modo literario (no
por eso falso) no extraño viajar sino al que soy cuando viajo; extraño
el ser humano en que me transformo cuando vago mochila al hombro. Para
usar una metáfora de otro artículo: cuando viajo me siento como si
después de mucho tiempo se me hubieran destapado las fosas nasales y
pudiera volver respirar con todos los pulmones, e incluso con un
tercero.
Una vez, viviendo en Almagro, me había
acostumbrado durante medio año a ver el fútbol en un televisor blanco y
negro de ’14. Viajar es volver a la cancha: los goles son los mismos, el
deporte en sí no cambia: pero el color, las dimensiones y la intensidad
del momento no tienen nada en común con la vida diaria. ¿Será eso,
entonces, lo que me vuelve cada tantos meses: la necesidad de ser yo en
viaje, de mis ojos como parabólicas sin sueño, de mis pies que no se
cansan, de hablar con ganas y escuchar con los cien pabellones del oído?
Debe ser eso, pero hay algo más, algo tan
inefable que me genera angustia literaria, que me deja varado frente al
monitor, sin adjetivos, como japonés con teclado occidental.
Estoy seguro, eso sí, que no puedo ponerlo
en palabras porque no estoy viajando, porque hace cuatro años ya que
mis pies conocen el camino, porque mis ojos están acostumbrados a ver
estructuras previsibles y porque mis manos abren todas las puertas sin
mirar el picaporte.
¡Pero cuidado!, si yo estuviera en viaje, si fuera un yo viajando,
seguramente abriría mi olivetti portátil, pondría una hoja y, en menos
de lo que tarda un gallo en cantar, ya habría encontrado las ideas que
me hacen falta para decir lo que ahora, sedentario y sofocado, animalito
de blog, no puedo explicar con palabras.
Jueves 1 de abril, 2004
