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miércoles, 2 de agosto de 2023

VIAJES: CRUZAR LA AUTOPISTA

 

Cambio de lugar
Muchas veces la literatura nos ofrece historias relacionadas con un viaje. Te invitamos a sumergirte
en la lectura de este cuento y a viajar con su protagonista.

 

Cruzar la autopista- PARTE I
La autopista se extendía brillante ante los ojos de Mirlo, que inspeccionaba cada objeto desde las ventanillas del micro.
Veía la Torre Conectora, las vías de accesos, la autopista de varios niveles en una partitura
de concreto que avanzaba y salía de Capitalia. Mirlo empezó a enumerar los nombres de las conexiones en voz baja, como un mantra para aplacar sus nervios. Podía reconocer las calles en los carteles y recitar de memoria la ruta que una semana atrás había empezado a recorrer. Mirlo lo presentía, así comenzaba una historia de superación. Se veía a sí mismo volviendo a Tierra Adentro como un exitoso hombre del negocio de los neumáticos o, quizás, como un profesor de la Universidad Transitante.
—Ahí tenés tu Capitalia, nene. —La voz del chofer interrumpió la imagen de Mirlo, en la que volvía al pueblo manejando un sedán de cinco puertas. Sentado en la orilla de la escalinata que comunicaba la cabina del chofer con el primer piso del micro, él aceptaba los comentarios con la condición de ver la ciudad. El resto de los pasajeros dormía enel piso de arriba, desde donde   la música de un arroyo. Esa era una política de la empresa de trasbordos que, según decía uno de los panfletos, incentivaba el sueño.
Mirlo no había dormido desde la última estación, no quería perderse ni un segundo el espectáculo de la ciudad que se abría delante de él.
—Decime qué te puede gustar de este lugar —le dijo el chofer.
Mirlo había tomado tres micros, un tren rápido y un camión de carga para salir de Tierra. Ahora, sentía que las palabras del conductor eran una prueba más para llegar a Capitalia.
—Acá no se puede vivir —dijo el chofer, que examinaba a Mirlo por el espejo retrovisor—.
Mirala bien, nene, en esta ciudad nadie vive bien.
Mirlo se agachó para esquivar la cortina de pana y ver la ciudad por el parabrisas.
Pensaba que el chofer lo había hecho a propósito, que había esperado la hora justa de la tarde para entrar por la Autopista Oeste, cuando el sol lanza un estallido de colores entre los vidrios espejados de los autos, las torres de peaje y el manto del río. El viento de la tarde había dispersado la nube de polución y se veía nítida la Torre Conectora, centro de Capitalia, que reunía autopistas, ingresos y peajes como la cabeza de un pulpo. El atardecer brillante confirmaba la esperanza de Mirlo; después de dos semanas de viaje, estaba allí. ¿Qué podía salir mal?
El chofer le regalaba esta postal para que él la grabara a fuego en su cabeza. Por eso, no lo interrumpió, dejó que continuara su prédica de inseguridades, falta de oportunidades y abatimiento que “hacen a la vida de todo capitalino”. Mirlo sabía que los dos se oponían en algo fundamental: la ciudad podía ser el infierno de la velocidad o el paraíso de la autosuperación de un muchachito débil, nervioso, que se perturbaba cuando un desconocido le preguntaba su nombre. No había grises ni tonalidades. Tan solo una sensación en el cuerpo que te hacía amar u odiar Capitalia. Y allí, Mirlo advertía en lo profundo de su estómago que se había enamorado de la ciudad, de ese retrato que se proyectaba en el parabrisas, mientras continuaba el parloteo del chofer.
—Una vida sin descanso, nene. Imaginate no parar un segundo. No sabés cómo es
vivir acá.
Una semana atrás, uno de los camioneros de Tierra Adentro le había dicho la misma frase: “No sabés cómo es la vida allá”. Él conocía los informes tremendistas que pasaban en la televisión y había leído todo lo que tuviera a su alcance sobre la ciudad, las autopistas y cómo llegar desde Tierra Adentro. Los camiones aparecían en la época de la cosecha y desaparecían tan rápido como habían llegado.
Mirlo tuvo que sobornar a uno de los camioneros para que lo llevara fuera del pueblo.
De pocas palabras, el camionero solo apuntó a decirle que “cada vez están más jodidos con las migraciones”, y lo dejó en las afueras de Conexión 23, donde los controles eran más laxos. Allí, podía tomar un tren rápido para Nódulo Norte y buscar las conexiones para llegar a Capitalia. Los micros cambiaban de tamaño a medida que se acercaban a la ciudad, el número de pisos ascendía y se volvían cada vez más complejos y sofisticados.
El último tenía varios acoplados, dos niveles, sistema de purificación y pasaba música para dormir a los pasajeros.
Ahora la imagen de la ruta interminable se extendía, daba varias vueltas en círculos y mecía a Mirlo hasta hacerlo cabecear del sueño.
—Además, ¿qué pito vas a tocar en Capitalia sin auto? —Mirlo se despabiló.
El chofer había dado en la tecla, el punto más débil del plan que, lo reconocía, no estaba resuelto. Le contestó que un primo le había ofrecido su auto, porque quería mudarse a un compacto familiar. La esposa estaba embarazada y habían buscado algo más grande para vivir cómodos los tres. Mirlo podía utilizar el auto de soltero hasta que consiguiera un trabajo y comprara el suyo.
Escuchar su historia, que sonaba tan verosímil, lo satisfacía como si fuera cierta.
—¿Y de qué pensás laburar en Capitalia? —La respiración del chofer se confundía con el ruido
del sistema de purificación. Una pantallita marcaba un índice en letras rojas.

A Mirlo le hubiera gustado decirle: “Voy a hacer la mía”, un gesto de valor para mostrarle al chofer que era inútil seguir discutiendo. Eso pensó, pero, en cambio, dijo con voz nerviosa un tímido:
—Ya veré.
—Ya veré... —repitió el conductor—. Decime que no pensás terminar en un peaje...
Mirlo se quedó callado. Vio por la ventana el borde de concreto de la autopista. En los niveles inferiores, los autos deportivos, familiares, colectivos de trabajo se acoplaban y desacoplaban en un baile: el fluir constante de Capitalia.


Marinaro, Salvador (2019). “Cruzar la autopista”. En Leer y viajar. Antología de cuentos argentinos contemporáneos. Buenos Aires: Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires

 

Sobre el autor de este cuento
Salvador Marinaro nació en Salta, en 1988. Es periodista y escritor. Trabajó como docente en
la Universidad del Salvador y en la Universidad Nacional de La Plata. Hoy vive en China, en
la ciudad de Shanghái. Publicó el libro de poemas Sinfonía de mareados y el de cuentos Una
tristeza decente, del que forma parte este relato

A- ESCRIBÍ EL SIGNIFICADO DE:

Mantra- sedán- prédica- abatimiento-  compacto familiar- verosímil

 

B- 1. En esta primera parte del cuento, se describe el viaje de Mirlo, su protagonista. ¿Desde dónde partió y hacia dónde se dirige?
2. Releé el primer párrafo del cuento y determiná en qué consiste “la historia de superación” que
Mirlo, según se anuncia en el relato, presiente que ha comenzado.
3. Releé las partes en las que Mirlo dialoga con el chofer. ¿Cuál es la idea del chofer sobre
Capitalia? Copiá frases del texto que te permitan ilustrar su idea.
4. Propuesta de escritura. Escribí un texto de entre diez y quince renglones, desde la mirada de Mirlo, en el que intentes explicarle al chofer cuáles son las ventajas de vivir en Capitalia y las razones para abandonar Tierra Adentro.