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martes, 14 de noviembre de 2023

CONDUCTA EN LOS VELORIOS- JULIO CORTÁZAR

 

Conducta en los velorios


No vamos por el anís, ni porque hay que ir. Ya se habrá sospechado: vamos porque no podemos soportar las formas más solapadas de la hipocresía. Mi prima segunda, la mayor, se encarga de cerciorarse de la índole del duelo, y si es de verdad, si se llora porque llorar es lo único que les queda a esos hombres y a esas mujeres entre el olor a nardos y a café, entonces nos quedamos en casa y los acompañamos desde lejos. A lo sumo mi madre va un rato y saluda en nombre de la familia; no nos gusta interponer insolentemente nuestra vida ajena a ese diálogo con la sombra. Pero si de la pausada investigación de mi prima surge la sospecha de que en un patio cubierto o en la sala se han armado los trípodes del camelo, entonces la familia se pone sus mejores trajes, espera a que el velorio esté a punto, y se va presentando de a poco pero implacablemente.

En Pacífico las cosas ocurren casi siempre en un patio con macetas y música de radio. Para estas ocasiones los vecinos condescienden a apagar las radios, y quedan solamente los jazmines y los parientes, alternándose contra las paredes. Llegamos de a uno o de a dos, saludamos a los deudos, a quienes se reconoce fácilmente porque lloran apenas ven entrar a alguien, y vamos a inclinarnos ante el difunto, escoltados por algún pariente cercano. Una o dos horas después toda la familia está en la casa mortuoria, pero aunque los vecinos nos conocen bien, procedemos como si cada uno hubiera venido por su cuenta y apenas hablamos entre nosotros. Un método preciso ordena nuestros actos, escoge los interlocutores con quienes se departe en la cocina, bajo el naranjo, en los dormitorios, en el zaguán, y de cuando en cuando se sale a fumar al patio o a la calle, o se da una vuelta a la manzana para ventilar opiniones políticas y deportivas. No nos lleva demasiado tiempo sondear los sentimientos de los deudos más inmediatos, los vasitos de caña, el mate dulce y los Particulares livianos son el puente confidencial; antes de media noche estamos seguros, podemos actuar sin remordimientos. Por lo común mi hermana la menor se encarga de la primera escaramuza; diestramente ubicada a los pies del ataúd, se tapa los ojos con un pañuelo violeta y empieza a llorar, primero en silencio, empapando el pañuelo a un punto increíble, después con hipos y jadeos, y finalmente le acomete un ataque terrible de llanto que obliga a las vecinas a llevarla a la cama preparada para esas emergencias, darle a oler agua de azahar y consolarla, mientras otras vecinas se ocupan de los parientes cercanos bruscamente contagiados por la crisis. Durante un rato hay un amontonamiento de gente en la puerta de la capilla ardiente, preguntas y noticias en voz baja, encogimientos de hombros por parte de los vecinos. Agotados por un esfuerzo en que han debido emplearse a fondo, los deudos amenguan en sus manifestaciones, y en ese mismo momento mis tres primas segundas se largan a llorar sin afectación, sin gritos, pero tan conmovedoramente que los parientes y vecinos sienten la emulación, comprenden que no es posible quedarse así descansando mientras extraños de la otra cuadra se afligen de tal manera, y otra vez se suman a la deploración general, otra vez hay que hacer sitio en las camas, apantallar a señoras ancianas, aflojar el cinturón a viejitos convulsionados. Mis hermanos y yo esperamos por lo regular este momento para entrar en la sala mortuoria y ubicarnos junto al ataúd. Por extraño que parezca estamos realmente afligidos, jamás podemos oír llorar a nuestras hermanas sin que una congoja infinita nos llene el pecho y nos recuerde cosas de la infancia, unos campos cerca de Villa Albertina, un tranvía que chirriaba al tomar la curva en la calle General Rodríguez, en Bánfield, cosas así, siempre tan tristes. Nos basta ver las manos cruzadas del difunto para que el llanto nos arrase de golpe, nos obligue a taparnos la cara avergonzados, y somos cinco hombres que lloran de verdad en el velorio, mientras los deudos juntan desesperadamente el aliento para igualarnos, sintiendo que cueste lo que cueste deben demostrar que el velorio es el de ellos, que solamente ellos tienen derecho a llorar así en esa casa. Pero son pocos, y mienten (eso lo sabemos por mi prima segunda la mayor, y nos da fuerzas). En vano acumulan los hipos y los desmayos, inútilmente los vecinos más solidarios los apoyan con sus consuelos y sus reflexiones, llevándolos y trayéndolos para que descansen y se reincorporen a la lucha. Mis padres y mi tío el mayor nos reemplazan ahora, hay algo que impone respeto en el dolor de estos ancianos que han venido desde la calle Humboldt, cinco cuadras contando desde la esquina, para velar al finado. Los vecinos más coherentes empiezan a perder pie, dejan caer a los deudos, se van a la cocina a beber grapa y a comentar; algunos parientes, extenuados por una hora y media de llanto sostenido, duermen estertorosamente. Nosotros nos relevamos en orden, aunque sin dar la impresión de nada preparado; antes de las seis de la mañana somos los dueños indiscutidos del velorio, la mayoría de los vecinos se han ido a dormir a sus casas, los parientes yacen en diferentes posturas y grados de abotagamiento, el alba nace en el patio. A esa hora mis tías organizan enérgicos refrigerios en la cocina, bebemos café hirviendo, nos miramos brillantemente al cruzarnos en el zaguán o los dormitorios; tenemos algo de hormigas yendo y viniendo, frotándose las antenas al pasar. Cuando llega el coche fúnebre las disposiciones están tomadas, mis hermanas llevan a los parientes a despedirse del finado antes del cierre del ataúd, los sostienen y confortan mientras mis primas y mis hermanos se van adelantando hasta desalojarlos, abreviar el ultimo adiós y quedarse solos junto al muerto. Rendidos, extraviados, comprendiendo vagamente pero incapaces de reaccionar, los deudos se dejan llevar y traer, beben cualquier cosa que se les acerca a los labios, y responden con vagas protestas inconsistentes a las cariñosas solicitudes de mis primas y mis hermanas. Cuando es hora de partir y la casa está llena de parientes y amigos, una organización invisible pero sin brechas decide cada movimiento, el director de la funeraria acata las órdenes de mi padre, la remoción del ataúd se hace de acuerdo con las indicaciones de mi tío el mayor. Alguna que otra vez los parientes llegados a último momento adelantan una reivindicación destemplada; los vecinos, convencidos ya de que todo es como debe ser, los miran escandalizados y los obligan a callarse. En el coche de duelo se instalan mis padres y mis tíos, mis hermanos suben al segundo, y mis primas condescienden a aceptar a alguno de los deudos en el tercero, donde se ubican envueltas en grandes pañoletas negras y moradas. El resto sube donde puede, y hay parientes que se ven precisados a llamar un taxi. Y si algunos, refrescados por el aire matinal y el largo trayecto, traman una reconquista en la necrópolis, amargo es su desengaño. Apenas llega el cajón al peristilo, mis hermanos rodean al orador designado por la familia o los amigos del difunto, y fácilmente reconocible por su cara de circunstancias y el rollito que le abulta el bolsillo del saco. Estrechándole las manos, le empapan las solapas con sus lágrimas, lo palmean con un blando sonido de tapioca, y el orador no puede impedir que mi tío el menor suba a la tribuna y abra los discursos con una oración que es siempre un modelo de verdad y discreción. Dura tres minutos, se refiere exclusivamente al difunto, acota sus virtudes y da cuenta de sus defectos, sin quitar humanidad a nada de lo que dice; está profundamente emocionado, y a veces le cuesta terminar. Apenas ha bajado, mi hermano el mayor ocupa la tribuna y se encarga del panegírico en nombre del vecindario, mientras el vecino designado a tal efecto trata de abrirse paso entre mis primas y hermanas que lloran colgadas de su chaleco. Un gesto afable pero imperioso de mi padre moviliza al personal de la funeraria; dulcemente empieza a rodar el catafalco, y los oradores oficiales se quedan al pie de la tribuna, mirándose y estrujando los discursos en sus manos húmedas. Por lo regular no nos molestamos en acompañar al difunto hasta la bóveda o sepultura, sino que damos media vuelta y salimos todos juntos, comentando las incidencias del velorio. Desde lejos vemos cómo los parientes corren desesperadamente para agarrar alguno de los cordones del ataúd y se pelean con los vecinos que entre tanto se han posesionado de los cordones y prefieren llevarlos ellos a que los lleven los parientes.

lunes, 4 de septiembre de 2023

CRUZAR LA AUTOPISTA (PARTE 2)

 

Mundos opuestos
La literatura, muchas veces, nos presenta mundos que son opuestos. Te invitamos a descubrir el juego de oposiciones que aparece en este cuento.

 

Cruzar la autopista PARTE II

Mirlo fue uno de los últimos jóvenes que dejaron Tierra Adentro. Antes que él, el menor de
los Giuliani se había ido a Nódulo Sur para trabajar en una de las purificadoras. A partir de ese
momento, Mirlo vio cómo el pueblo envejecía con rapidez. Sus vecinos se iban transformando,
las vértebras de sus columnas se encorvaban sobre sí mismas y sus frentes se arrugaban
como el cuero al sol. Pronto, casi todo el pueblo necesitó andadores para caminar. Al viejo
Antonino lo encontraron muerto en la puerta de su casa, parado como una estatua.
A veces, la televisión satelital pasaba documentales sobre los “últimos pueblos sedentarios”, donde la vida era a pie y en un solo lugar. Reproducían imágenes de Tierra Adentro, mientras Mirlo se imaginaba a sí mismo en un sedán familiar en Capitalia. Esa sensación de verse duplicado en la pantalla de televisión hizo que se decidiera. Por eso, le contestó que no al menor de los Giuliani cuando le propuso que lo acompañara a Nódulo Sur. Le dijo que su madre lo necesitaba.
Después de la muerte de su esposo, la madre de Mirlo optó por la vía menos esforzada para morirse: el mutismo. Lo hizo de a poco, cada día restaba una palabra y una sílaba a la extensión de sus frases.
—Buen día, vieja.
—Buen...
—¿Cómo te levantaste hoy?
—...
Mirlo registraba cómo su madre se sumergía en el silencio, contaba las palabras que decía por día, hasta que sus respuestas se volvieron simples exclamaciones que parecían emitidas por un animal. Los días de su madre se resumían en levantarse, caminar con el andador hasta el sillón del living, encender el televisor y ver las repeticiones de las carreras de caballos. Entre carrera y carrera, pasaban un tango.
Mirlo esperó a que una de las carreras de caballos terminara para explicarle la decisión a su madre.
—Le dije a la viuda de Antonino que me avise si te pasa algo.
—...
—No bien tenga un teléfono, te llamo.
—...
Al ver los ojos de su madre, como un disco gris hecho de cenizas, se convenció de que irse era lo mejor. No podía llevarla, ni detenerse junto a ella. Menos aún si pensaba llegar hasta Capitalia.
Le besó la frente y salió de la casa.
Aprovechó la cosecha para irse. Había reunido algo de plata con los trabajos en el almacén —

Mirlo era el único que podía cargar y descargar los sacos de harina y alcanzar las latas en lo alto de las repisas— y se fue cuando el camionero aceptó llevarlo.

En Conexión 23, compró un mapa con el tendido de trenes, micros y rutas que iban a Capitalia y pasó los días estudiando el camino que debía seguir. Mirlo ató la cortina de pana para que no volviera a taparle la vista. Después de calcular por días las conexiones, estaba en la ciudad. Iba a llegar a la Torre Conectora y, de allí, solo tenía que buscar el primer peaje que lo recibiera (“Siempre necesitan gente; pero hay que bancarse la vida encerrado”, le había contado un hombre obeso sentado en la butaca de al lado en el tren de Conexión 23). El chofer había tomado
por una de las laterales, así que la panorámica de la ciudad aparecía en uno de los costados del micro. Frenó en un semáforo, la cola de autos que se amontonaban no dejaba ver el asfalto de
la autopista. Mirlo revisó los autos de varios pisos, con familias enteras, recién levantadas, un par de oficinistas llevando carpetas en la mano de un lado a otro. La sensación de estar detenido en un lugar donde solo se puede acelerar lo puso nervioso. El chofer tocó la bocina y abrió la ventanilla:
—Muévanse —gritó, mientras se filtraba un aire seco, arenoso. Mirlo escondió la tos.
—¿Ves? Ni te aguantás dos segundos este aire. ¿Qué vas a hacer acá?
El chofer dobló en la colectora y aceleró por uno de los niveles inferiores. Mirlo se sostuvo contra una de las paredes y volvió a sentarse en la escalinata. Solo podía ver un túnel de concreto que se prolongaba con luces artificiales. Suponía que estaban en Zona Este y que tardarían una hora en llegar hasta la Torre. Quizás menos. Se detuvieron en un peaje, el chofer estiró la mano para dar un par de monedas al empleado detrás de la ventanilla.
—Pobre pibe —dijo el chofer. Mirlo vio por la ventana a un empleado con la cara estriada y obeso hasta el límite. El chofer tomó por una circunvalación que ascendía y cambió de carril donde una flecha luminosa indicaba “Hacia el Centro”.
—Vas a tener que subir y agarrar tus cosas. Cuando lleguemos a la estación, no vas a tener tiempo —le dijo.
Mirlo sintió que había estado practicando para este momento. Se paró y vio por última vez a través del parabrisas. Reconoció a lo lejos una de las entradas de la Torre, entre los portones que se conectaban con la autopista. Ya estaban cerca. Subió al piso superior, tomó aire y buscó su bolso en una de las guanteras, mientras escuchaba por los parlantes la voz distorsionada del chofer. Faltaban pocos minutos para detenerse, la compañía no se responsabilizaba por los objetos que dejaran los clientes en el momento de la expulsión, ni tampoco si alguno de ellos se detenía más tiempo del estimado.

Mirlo buscó su bolso y lo sostuvo con fuerza. Cuando el micro frenó y se acopló en uno de los portones de ingreso, el chofer lo saludó a través de la ventanilla con dos dedos en la sien.

Marinaro, Salvador (2019). “Cruzar la autopista”. En Leer y viajar. Antología de cuentos argentinos contemporáneos. Buenos Aires: Ministerio de Educación de la Ciudad de Buenos Aires

A- BUSCÁ EL SIGNIFICADO DE:

Mutismo- tendido de trenes- estriado- distorsionado

B- 1. ¿Por qué Mirlo toma la decisión de dejar Tierra Adentro? ¿Qué sucede en su pueblo? ¿Qué le sucedió a su madre?
2. ¿Cómo es la ciudad a la que llega Mirlo? ¿Por qué?
3. Completá el siguiente cuadro que te permite comparar, a partir de una serie de aspectos,
cómo es el desarrollo de la vida en Tierra Adentro y en Capitalia.

 

Tierra Adentro

Capitalia

Tipos de trabajo

 

 

Formas de movilidad de sus habitantes

 

 

Promedio de edad de sus habitantes

 

 

Movimiento en general

lento / despacio
En el texto dice: “La vida era a
pie y en un solo lugar”

 

Niveles de ruido

 

muy ruidosa
En el texto dice: “El chofer tocó la bocina. [...]--Muévanse—gritó”.

 

4. Propuesta de escritura. Escribí un texto de alrededor de quince renglones en el que describas, de manera comparativa, cómo es la vida en Tierra Adentro y cómo es en Capitalia.
Podés tomar algunos de los aspectos mencionados en el cuadro anterior.